Hay manos que no han sido fotografiadas nunca, manos que sostienen, que repiten, que cuidan sin que nadie las mire demasiado, manos que no sabían que también podían ser paisaje.
Cuando Elena Fernández Alemán habla de su trabajo no empieza hablando de fotografía, sino de personas, de aquello que permanece incluso cuando no se nombra, de una forma de estar en el mundo que no tiene prisa por mostrarse. Su proyecto La piel de Gran Canaria nace exactamente ahí, de esa manera de mirar que no busca construir una imagen de la isla, sino acercarse a lo que la sostiene, a lo que normalmente queda fuera del cuadro.
Durante mucho tiempo, su vida transcurrió lejos de cualquier idea de vocación artística. La fotografía no era su profesión ni su camino previsto, sino algo que apareció de forma silenciosa, casi sin nombre, como una herramienta íntima para ordenar lo que por dentro empezaba a desbordarse. No hubo decisión ni plan, solo imágenes que empezaron a acumularse como una forma de detener el tiempo, de mirar sin pasar de largo.
La piel de Gran Canaria
comenzó a fotografiarla en junio de 2025, aunque todavía no existía como proyecto. Durante ese tiempo, las imágenes nacían desde lo cercano, retratando a personas de su propia vida. Fue una amiga quien, al ver esas fotografías, le repetía que “hablaban”, señalando algo que aún no tenía forma, pero que ya estaba presente en su manera de mirar.
El nombre con el que firma su trabajo, M. Elena Feral , también nace desde un lugar íntimo. Aunque en su día a día es conocida como Elena, decide mantener la “M.” inicial de María en sus fotografías como un gesto personal: así era como la llamaba su padre antes de morir. Ese detalle se convierte en una forma de presencia, de memoria y de continuidad dentro de su obra.
Y en ese gesto mínimo comenzó a formarse una manera de mirar que todavía no tenía nombre.
Hay algo que atraviesa todo su trabajo y es precisamente esa palabra, detenerse. Sus imágenes no nacen de la urgencia ni del impacto, nacen de quedarse un poco más, de no interrumpir lo que ocurre delante, de escuchar antes de acercar la cámara. En un contexto donde la imagen suele consumirse rápido, su mirada va en dirección contraria, y eso se percibe en la forma en que construye sus escenas, donde no hay artificio ni búsqueda de efecto, sino presencia.
Con el tiempo, esa forma de mirar encuentra un eje claro en la idea de que la isla también tiene piel, no como metáfora cerrada, sino como una realidad que se puede intuir en los cuerpos, en las manos, en los rostros marcados por el trabajo y el tiempo. Gran Canaria deja de ser fondo para convertirse en algo vivo, algo que respira a través de quienes la habitan y la trabajan. En ese desplazamiento, el paisaje deja de ser postal y se convierte en relación.
Detrás de todo esto hay una biografía que no se muestra de forma explícita en las imágenes, pero que atraviesa cada decisión de mirada. La enfermedad, la pérdida de su padre, los tiempos de cuidado, y más tarde el momento en que su propio cuerpo obliga a detenerse. Nada de eso aparece de manera literal en el proyecto, pero todo está presente en la forma de mirar, en la calma, en la atención, en la manera de sostener la mirada sin retirarla.
Durante mucho tiempo, estas imágenes permanecieron en un espacio íntimo, sin destino claro, hasta que una amiga reconoció algo en ellas y habló con la persona responsable de la Sala La Caldereta. Ese gesto abrió una puerta que no estaba prevista, y será allí donde el proyecto se presente del 3 al 18 de julio de 2026, dentro de su primera exposición pública, tras un recorrido que ya había comenzado a tomar forma.
Antes de esa cita, el trabajo ya había encontrado otros espacios de encuentro, como su paso por Gáldar, donde empezó a dialogar con el público desde una cercanía distinta, más cotidiana, ampliando la manera en que estas imágenes empezaban a ser leídas.
A partir de ahí, La piel de Gran Canaria
continuará su recorrido, el 17 de junio de 2026 participará en una charla en El Corte Inglés, un encuentro donde el proyecto se abre a la palabra y al intercambio directo con el público, y del 5 al 19 de noviembre de 2026 estará en el Centro de Arte Casa Saturninita en San Bartolomé de Tirajana, ampliando sus contextos de lectura sin perder su origen íntimo.
Al final, lo que queda no es solo un conjunto de imágenes sobre una isla, sino la sensación de haber estado un poco más cerca de algo que normalmente pasa desapercibido, de haber mirado sin prisa, de haber permanecido un instante más donde casi siempre se sigue de largo. Y quizás por eso La piel de Gran Canaria no se lee como una explicación del territorio, sino como una forma distinta de habitarlo.
Y, sin embargo, este proyecto no se detiene aquí.
La mirada de Elena Fernández Alemán se orienta ahora hacia otras islas. No como expansión entendida en términos de crecimiento, sino como necesidad de seguir escuchando otros territorios, otras pieles, otras formas de vida en el archipiélago.
Ese deseo no puede sostenerse en solitario. Requiere apoyos, acompañamiento y estructuras que permitan que un proyecto nacido desde lo íntimo pueda seguir creciendo sin perder su esencia. Porque La piel de Gran Canaria no es una profesión, sino una forma de mirar que ha nacido como afición y que ha ido tomando cuerpo desde lo vivido.
Porque mirar, en este caso, también es cuidar.
Y porque hay proyectos que solo existen si alguien decide sostenerlos.
Redes sociales
Instagram: https://www.instagram.com/lapieldegrancanaria/
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