jueves, 24 de septiembre de 2026

Los Papagüevos de San Isidro son algo más que muñecos: son tradición

Si hay una tradición festiva en Gáldar, esa es, sin lugar a dudas, la de los Papagüevos de San Isidro. Muchos pensarán qué tienen que ver estos gigantes y cabezudos con la tradición, pues mucho, muchísimo. Por ello, en este artículo quiero acercarme a esta manifestación festiva, conocer sus orígenes, recordar cómo ha evolucionado y, sobre todo, poner en valor a quienes han conseguido que siga saliendo a la calle.



La inclusión de esta manifestación en Gáldar, según apunta el cronista oficial Juan Sebastián López García, tiene una primera referencia en las fiestas de Santiago, que se sitúan en 1848. En aquella referencia aparece una amplia comitiva de manifestaciones festivas, pero hay una que llama especialmente la atención: las “danzas y zambras de los gigantes”. Un dato que permite comprobar que la presencia de estas figuras en las celebraciones galdenses no es algo reciente, sino que cuenta con una historia que se remonta muchos años atrás.

Siguiendo la línea de investigación del mencionado cronista, hay que resaltar también el aumento de los Papagüevos en las manifestaciones festivas de Gáldar, especialmente durante las últimas décadas del siglo XX. Otro dato resulta especialmente interesante para situar la celebración y conocer su evolución hasta nuestros días. Dentro del programa de las fiestas patronales de Gáldar de 1946, el 23 de julio, a las 19:00 horas, estaba prevista desde San Isidro la salida de la rama acompañada de Gigantes y Cabezudos, que recorrería parte de los barrios y la ciudad.

Los Papagüevos han estado históricamente muy vinculados al barrio de San Isidro y, especialmente, a sus fiestas patronales en honor a San Isidro Labrador, una celebración que se remonta al siglo XVII. Su presencia llegó a tener una gran relevancia dentro de los festejos, hasta el punto de que antiguamente los Papagüevos de San Isidro recorrían más de un kilómetro y llegaban hasta la Plaza de Santiago. Aquellos largos recorridos dieron lugar a la expresión popular, utilizada en tono jocoso, de “correr los Papagüevos” en lugar de “bailar los Papagüevos”.



La víspera de San Isidro, el 14 de mayo, constituía la principal salida de la comparsa, aunque las figuras también participaban en otros momentos de las fiestas, acompañando desfiles y celebraciones. Con el paso de los años, esta tradición terminó convirtiéndose en uno de los elementos más característicos de las fiestas de San Isidro y en una de esas manifestaciones de la cultura popular que, generación tras generación, han logrado mantenerse en la memoria del barrio.

Según comenta Carlos Díaz, esta tradición llegó a Canarias de la mano de los españoles, ha sido muy bien acogida y es muy querida por muchos pueblos de las islas. Gran Canaria es la isla donde más se pueden encontrar estos amigos de gran estatura y llamativa cabeza, bailando por sus peculiares y propias fiestas.

Las fiestas de San Isidro Labrador presentan muchas cosas que las diferencian, desde los huevos duros, pasando por la feria de ganado, la romería-ofrenda que abre el periplo de romerías en la comarca norte de Gran Canaria y, por supuesto, los Papagüevos.

Originalmente, los pasacalles de los Papagüevos servían como anunciadores de la llegada del día grande de las fiestas en honor a San Isidro, la víspera del 14 de mayo. Los mediáticos Papagüevos recorrieron muchos puntos de la geografía galdense, como Marmolejo, Majadilla, el casco de Gáldar, la subida de La Montaña, Barrial, El Roque y San Isidro.



A pesar de la falta de instrumentos musicales tradicionales, durante el recorrido sonaban tambores, calderos, bardes y latas, generando la ilusión de ver pasar a los grandes protagonistas: los Papagüevos. Esta forma de acompañarlos, que durante un tiempo había quedado prácticamente olvidada, se recuperó hace algunos años y hoy, en la víspera de San Isidro, entre la asociación vecinal y El Roque, vuelve a escucharse aquel sonido de antaño. Una vez en El Roque, las charangas ponen música al resto del recorrido.

Los Papagüevos de San Isidro también han cambiado con el paso del tiempo. Las primeras figuras se elaboraban con materiales más sencillos y aquellas cabezas originales ya no se conservan, aunque su recuerdo continúa presente entre quienes conocieron a personajes como el Papagüevo de la Pelota, la Vieja o los Zorros, figuras que forman parte de la memoria festiva del barrio.

Durante una época fueron cinco los que se encargaron de recorrer las calles: Blancanieves, la Reina, el Príncipe, el Enanito con gafas y el Enanito con barba torcida. A estos cinco había que sumar otros dos, el Flaco y el Gordo, que durante algunos años permanecieron apartados y sin salir a bailar porque se encontraban estropeados.

Del Gordo, además, puedo dar fe de que hace honor a su nombre. No sé si será por la forma que tiene o por los materiales con los que está hecho, pero lo cierto es que pesa lo suyo. Cuando digo que pesa, es que pesa de verdad. Quienes alguna vez hayan tenido que cargarlo sabrán perfectamente de qué estoy hablando.

Con el paso de los años se fueron recuperando estas figuras y los Papagüevos volvieron a ganar presencia en las fiestas. Las distintas restauraciones también han permitido mejorar su estado de conservación y devolverles parte del protagonismo que habían tenido en otros tiempos. Sin buscarlo ni pretenderlo, han terminado convirtiéndose en unos personajes especialmente queridos, capaces de despertar recuerdos entre quienes los conocieron de pequeños y de sorprender a quienes los descubren ahora.

Su popularidad ha ido incluso más allá de San Isidro. Los Papagüevos han participado en pasacalles, desfiles y encuentros en San Lorenzo, Guanarteme, Las Palmas de Gran Canaria, el casco de Gáldar, Hoya de Pineda, Barrial, Sardina de Gáldar, La Enconada, Triana y Vegueta en la capital grancanaria, Agüimes y, recientemente, en las fiestas mayores de Gran Canaria en Teror, en honor a la Virgen del Pino. Con cada salida han llevado consigo algo más que unas figuras: han llevado el nombre de San Isidro, haciendo que una tradición nacida en el barrio sea hoy conocida también fuera de sus calles.



Otra de las curiosidades que presentan los Papagüevos de San Isidro es que cada figura tiene su propio cargador, una persona que, más allá de encargarse de hacerla bailar, también vela por su conservación y por que se encuentre en buen estado. Actualmente son Joel Mederos, con el Flaco; Leo Almeida, con el Enano Morado; Javier Jiménez, con el Gordo; David Armas, con La Bruja; Alejandro Moreno, con La Princesa; Daniel Ruiz, con La Reina, Juan Pedro, con El Enano Amarillo y Carlos Díaz, con El Príncipe.



No hablamos solamente de personas que se meten debajo de una estructura para hacerla bailar. Detrás de cada Papagüevo existe una responsabilidad que muchas veces no vemos. Hay que conocerlo, cuidarlo, saber cómo moverlo y estar pendiente de que se encuentre en las mejores condiciones. Es un trabajo físico, pero también requiere dedicación y cariño por aquello que se está representando.

En el norte de Gran Canaria hay algunas manifestaciones de Papagüevos, como en Guía, Agaete, Marmolejo e incluso en Gáldar, con los de Antonio Padrón. Ninguno se parece a los demás, cada uno tiene su propia alegoría y su línea particular. Si ampliamos la mirada al resto de la isla, encontramos diferentes representaciones, pero las figuras de San Isidro presentan unas características propias que las diferencian y que forman parte de la personalidad de esta fiesta.

Hoy vemos a estos gigantes y cabezudos danzar en las diferentes fiestas y quizás pocos puedan imaginar que estamos ante una tradición que ha sobrevivido al paso de los años ya la evolución de la sociedad. Ellos siguen siendo uno de los números más llamativos de las fiestas, roban sonrisas y consiguen empatizar con niños y adultos, aunque también se llevan algún que otro llanto de los más pequeños. Siempre están ahí, divirtiendo y siendo, sin quererlo ni pretenderlo, uno de los números festivos que más ha perdurado en el tiempo.



Que esto siga siendo así se debe, en buena medida, a un grupo de personas que han querido salvar esta tradición, pero no para exponerla en un museo ni convertirla en una pieza de recuerdo, sino para sacarla a la calle, disfrutarla y hacer disfrutar a todas las personas que acuden a los actos. Nosotros los vemos ahí, muchas veces sin darle la importancia que realmente tienen, sin valorar el enorme trabajo físico que hay detrás de cada pasacalle, ni el ingenio, la paciencia y la maestría que hacen falta para mantenerlos y restaurarlos cuando el paso del tiempo también deja sus huellas en ellos.

Hoy toca reconocer la importancia de los Papagüevos de San Isidro, por ser una manifestación histórica, por haber sobrevivido al paso de los años y por seguir siendo alegría de la fiesta y uno de sus números más llamativos, pero también toca reconocer a quienes hacen posible que sigan saliendo a la calle.

Joel, Daniel, Leo, David, Javier, Alejandro, Juan Pedro y Carlos son actualmente los mantenedores de esta tradición y quizás ellos mismos no sean conscientes de la importancia que tiene su trabajo. Cada vez que se coloca uno de estos gigantes sobre los hombros y comienzan a bailar están haciendo mucho más que animar una fiesta: están manteniendo viva una parte de nuestra memoria colectiva.

Desde aquí animo a que se decidan a dar el paso y crear esa asociación cultural que tanta falta le hace a los Papagüevos de San Isidro, una herramienta que permita organizar, proteger y garantizar el futuro de esta tradición, además de facilitar que puedan formar parte del circuito cultural del Ayuntamiento de Gáldar. Porque esto también es cultura y merece ser reconocido como tal.

También creo que ha llegado el momento de dejar constancia física de esta historia. Por eso sería bonito que el Ayuntamiento de Gáldar y la Asociación de Vecinos «El Labrador» de San Isidro estudiaran la posibilidad de realizar un mural o instalar un monolito en algún lugar de San Isidro o El Roque que atestigüe y reconozca esta tradición. Un pequeño homenaje que recuerde a quienes estuvieron antes, a quienes hoy siguen poniéndose estos gigantes sobre los hombros ya quienes tendrán la responsabilidad de hacerlo mañana.

Porque los Papagüevos de San Isidro no son simplemente unos muñecos que salen a bailar durante las fiestas. Son parte de nuestra historia, de nuestra identidad festiva y de una tradición que ha conseguido llegar hasta nuestros días. En una sociedad donde tantas cosas desaparecen con demasiada facilidad, esto merece ser cuidado, reconocido y, sobre todo, seguir saliendo a la calle.

Bibliografía

  • López García, Juan Sebastián. Programa de las Fiestas de San Isidro 2026. San Isidro, Gáldar y los Papagüevos. Ventana Folclórica.
  • Díaz Alonso, C. (2025). Los Papagüevos, tradición e identidad del barrio galdense de San Isidro. Gáldar.

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Obituario: Manolo Ríos Quesada, el último de una estirpe irrepetible de tocadores.

 

Hoy Gáldar se despide con gran pesar de  Manolo Ríos Quesada , que ha fallecido a los 90 años, y con él se va una parte de esa historia musical de nuestro municipio.  Se nos va  un gran tocador, pero también se marcha algo más, porque Manolo era el último de aquella estirpe de tocadores sin precedentes  y que difícilmente volverá a repetirse. Aquellos hombres  hicieron de la música algo cotidiano, que aprendieron escuchando, mirando y compartiendo, sin necesidad de grandes escenarios ni de demasiados reconocimientos.

Manolo comenzó desde muy joven su relación con la música y pasó por el Frente de Juventudes , una etapa por la que también transitaron muchos jóvenes de su generación. Su nombre quedaría ligado especialmente a Los Hijos de la Noche , aquella extraordinaria formación dirigida por Juan Gutiérrez Díaz y en la que se reunió algunos de los grandes tocadores de Gáldar. Cuando Manolo entró en Los Hijos de la Noche era el más joven de todos , algo que dice mucho de la confianza que ya entonces despertaba su manera de tocar y de la oportunidad que tuvo de convivir con aquellos músicos que atesoraban un repertorio y unos conocimientos que hoy forman parte de nuestra memoria.






Los Hijos de la Noche fueron mucho más que una agrupación. Fueron una forma de entender la música y la vida, de esas que nacían en los bailes, en las fiestas, en las bodas, en las romerías o simplemente alrededor de una reunión. Aquellos tocadores podían pasar horas haciendo sonar sus instrumentos y conocieron un repertorio enorme, aprendiendo muchas veces de oído, de generación en generación. Manolo fue el más joven de aquella formación y hoy es el último de ellos que nos deja . Por eso su marcha tiene un significado especial, porque con él desaparece definitivamente el último testimonio vivo de aquella generación irrepetible.

Su relación con la música continuó durante muchos años. A finales de 1970 se incorporó a Los Cebolleros , formando también parte de la historia de una agrupación que con el paso del tiempo se convertiría en una de las referencias del folclore de Gáldar. Su trayectoria pasó además por la  AM Facaracas y por la Agrupación Lírica de Gáldar “Algaldar” , demostrando que su inquietud musical iba mucho más allá de una sola formación.

A Manolo le gustaba tocar, simplemente tocar. No hacía falta preparar un escenario ni organizar un acto. Bastaba una reunión y las ganas de compartir unas canciones. Muchas veces se encontró con Mari Naty Saavedra y Chano Mederos y de manera espontánea comenzaban a salir las canciones, como ocurría antes, cuando la música formaba parte de las reuniones y de la vida cotidiana. Aquello no necesitaba presentación ni programa, porque la música estaba dentro de ellos.

Manolo también tuvo otras grandes pasiones. Fue un gran amante del cine , hasta el punto de poseer proyectores y reunir una importante colección de películas. El cine era otra de sus formas de disfrutar, de conservar recuerdos y de alimentar esa curiosidad que siempre estuvo presente en su vida. Quienes lo conocieron recordarán también su particular manera de ser, su humor socarrón , esa ironía tan característica que aparecía en cualquier conversación y que hacía que nunca pasara desapercibido.

Hoy, al despedir a Manolo, no estamos despidiendo solamente a un hombre que tocaba muy bien. Estamos despidiendo al último de una generación de tocadores que marcaron una época en Gáldar . Aquel joven que llegó a Los Hijos de la Noche de la mano de Juan Gutiérrez Díaz siendo el más joven de la formación terminó convirtiéndose, con el paso de las décadas, en el último eslabón de aquella cadena. Su historia pasó por el Frente de Juventudes, Los Hijos de la Noche, Los Cebolleros, Facaracas y Algaldar, pero también por esas reuniones espontáneas donde una canción podía aparecer en cualquier momento.

El sepelio de Manolo tendrá lugar este miércoles, 23 de septiembre de 2026, a las 16:00 horas , partiendo desde el Tanatorio Municipal de San Isidro hacia el Cementerio de Gáldar .

A mí me queda el recuerdo de Manolo, de sus conversaciones, de su humor socarrón y de esa manera tan suya de contar las cosas. Me queda también la sensación de haber conocido, a través de él, una parte de aquella Gáldar que ya casi no existe, la de los tocadores que se reunían para hacer música sin pensar en si había público, escenario o cámaras. Manolo pertenecía a ese tiempo y, con su marcha, ese tiempo se hace todavía un poco más lejano.

Hoy toca decirle adiós. Cuesta hacerlo cuando se marcha alguien que forma parte de nuestros recuerdos y de la memoria de nuestro pueblo. Gracias, Manolo, por las canciones, por las historias y por haber sido uno de aquellos hombres que hicieron de la música una parte de la vida de Gáldar.

Descansa en paz. Hasta siempre, Manolo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

La familia del folclore canario rendirá homenaje a Radio Vegueta este sábado en el Club Náutico

Las ondas de la radio canaria se preparan para vivir un emotivo reconocimiento con la celebración del acto “Una vida al aire: Homenaje a Carmelo Ortega y Candy Santana”. Esta iniciativa nace con el propósito de rendir un sincero y merecido tributo a dos voces imprescindibles de
Radio Vegueta , cuya dedicación, cercanía y talento frente al micrófono han dejado una huella imborrable en la memoria colectiva y en la historia del periodismo local.

El encuentro tendrá lugar el próximo sábado 26 de septiembre a las 20:00 horas en el Salón Dámaso del Real Club Náutico de capital de grancanaria, un espacio que acogerá una velada concebida para poner en valor la trayectoria de ambos comunicadores. A lo largo de la noche, la gratitud, el afecto y la defensa de las tradiciones populares serán los grandes protagonistas de una cita pensada para celebrar un legado radiofónico profundamente vinculado a la identidad cultural del archipiélago.

La música de raíz tendrá un papel fundamental durante el acto gracias a la participación de una cuidada representación del folclore regional. Sobre el escenario se darán cita solistas y tocadores procedentes de agrupaciones de gran arraigo como Los Cebolleros de Gáldar, Sombras de Medianías, Los Faycanes y el Grupo Verode de Tenerife, este último será el grupo base, ofrecerá un recorrido sonoro como muestra de cariño y respeto hacia los homenajeados.

La conducción y presentación de la velada correrá a cargo de Don Manuel Abrante, conocido divulgador y coordinador de la Revista Digital Bienmesabe , quien guiará el desarrollo del evento y contextualizará la aportación de estas dos figuras al panorama cultural canario.

La entrada al acto será completamente libre y gratuita para todo el público hasta completar el foro disponible del recinto.

Origen e Historia

Nacida como una emisora ​​dedicada a la divulgación cultural, social y comunitaria de Gran Canaria, Radio Vegueta ha combinado a lo largo de su trayectoria emisiones de frecuencia modulada con su posterior consolidación en formato digital ( radiovegueta.com y plataformas de podcasting como iVoox).

A lo largo de los años 2000, la emisora ​​reestructuró su dirección y plantilla técnica, convirtiéndose en un espacio abierto para comunicadores y divulgadores locales orientados a la promoción de la cultura, la historia y la sociedad canaria.

La programación de Radio Vegueta destaca por su cercanía y su fuerte arraigo a las tradiciones locales, estructurándose en torno a varios pilares principales:

  • Folclore y Tradición Canarista: Espacios dedicados al estudio, conservación y difusión de la música popular canaria, el folclore y las costumbres de las islas.
  • Divulgación e Historia Local: Programas centrados en la memoria histórica del archipiélago, noticias de época y la preservación del patrimonio grancanario.
  • Magazines y Cultura: Entrevistas a creadores locales, cobertura de eventos de la comunidad, literatura, asuntos de interés social y programas de acompañamiento nocturno o vespertino.

Entre los profesionales y comunicadores vinculados a su trayectoria destacan:

  • Candy Santana: Locutora, comunicadora y técnica de radio con una amplia trayectoria en el panorama radiofónico insular. Ha sido responsable de la emisora ​​y directora/presentadora de programas de gran calado cercano y cultural como Tan cerca de ti y Noches contigo .
  • Carmelo Ortega Santana: Investigador, divulgador histórico y responsable del portal Gran Canaria Ayer y Hoy , director y presentador del espacio Folclor Canario dedicado a la música autóctona.

En la actualidad, Radio Vegueta continúa su labor como altavoz de la cultura popular de la isla, adaptada a las nuevas tecnologías y al formato de audio bajo demanda.

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Los Cebolleros celebran su 56 aniversario con actuaciones en Teror, La Aldea y Mancha Blanca, en Lanzarote


La agrupación galdense inicia septiembre con una intensa agenda que le llevará a tres de las principales citas festivas y tradicionales de Canarias.

El GF Los Cebolleros de Gáldar acaba de cumplir 56 años de trayectoria y comienza la celebración de este aniversario con un mes de septiembre cargado de actividad, ilusión y citas especialmente significativas para la agrupación.

El próximo lunes 7 de septiembre , Los Cebolleros estarán en Teror para participar en la Romería de El Pino , integrados en la representación del municipio de Arucas y acompañados por el grupo de baile de Los Cabuqueros . La participación tendrá además un significado muy especial para la formación galdense, ya que 56 años después regresará al mismo lugar donde realizó su primera actuación . Un regreso cargado de simbolismo que permitirá a la agrupación reencontrarse con el escenario donde comenzó una trayectoria que llega ahora a más de cinco décadas.



La actividad comenzará el jueves 10 de septiembre , con la participación de Los Cebolleros, por quinto año consecutivo , en la Romería Ofrenda a San Nicolás de Tolentino, en La Aldea de San Nicolás , una cita que se ha convertido ya en una de las habituales dentro del calendario de la agrupación.

Al día siguiente, el viernes 11 de septiembre , Los Cebolleros pondrán nuevamente rumbo a Lanzarote , una isla que conocen bien y donde han tenido la oportunidad de actuar en diferentes ocasiones. En esta ocasión, la agrupación participará en el Memorial Nanino Díaz Cutillas , que tendrá lugar en Mancha Blanca , dentro del programa de las fiestas patronales en honor a Nuestra Señora de los Volcanes .

La estancia en la isla tendrá continuidad el sábado 12 de septiembre , con la participación en la Romería Ofrenda a la Virgen de los Volcanes , una de las principales citas de las fiestas patronales.

Aunque Los Cebolleros ya han visitado y actuado en Lanzarote en diferentes ocasiones, esta participación tiene un significado especial para la agrupación al permitirles formar parte, por primera vez, de las fiestas patronales de la isla y de dos de sus principales actos , el Memorial Nanino Díaz Cutillas y la Romería Ofrenda a la Virgen de los Volcanes.

Para el presidente del GF Los Cebolleros, Moisés Rodríguez , este inicio de aniversario combina el regreso a los orígenes con la incorporación de nuevos hitos a la trayectoria de la agrupación. " Cumplir 56 años y comenzar el aniversario con tanta actividad es una enorme satisfacción. Volver a Teror, 56 años después de nuestra primera actuación, será un momento muy especial para todos los que formamos parte del grupo ”.

Rodríguez destaca también la importancia de la participación en Lanzarote: " Lanzarote no es una isla nueva para nosotros, hemos estado allí en numerosas ocasiones. Lo que sí teníamos pendiente era participar en sus fiestas patronales, y esa era una espina que teníamos clavada. Por fin podremos formar parte de ellas y hacerlo además en dos citas tan importantes como el Memorial Nanino Díaz Cutillas y la Romería de la Virgen de los Volcanes ”.

El presidente de Los Cebolleros señala que la agenda de septiembre representa también la continuidad de un proyecto que mantiene viva la agrupación después de más de medio siglo. " Los 56 años no son una meta, sino una nueva oportunidad para seguir haciendo camino. Regresamos a donde empezó nuestra historia y seguimos incorporando nuevos escenarios y nuevas experiencias a la trayectoria del grupo ".

Con estas tres citas, Teror, La Aldea y Mancha Blanca , Los Cebolleros dan comienzo a la celebración de su 56 aniversario , manteniendo su compromiso con la difusión del folclore y la cultura tradicional de Canarias y llevando el nombre de Gáldar a diferentes escenarios del Archipiélago.

domingo, 23 de agosto de 2026

La identidad canaria y el folclore no necesita embajadores de cartón.

El folclore puede abrir sus puertas a quienes llegan desde fuera, pero acercarse a nuestras tradiciones exige algo mucho más importante que una estameña, una romería o dos canciones: respeto.



Quizás durante demasiado tiempo hemos pensado que para acercarse a nuestras tradiciones había que cumplir determinados requisitos, como si el folclore fuera de un territorio reservado para unos pocos y hubiera que demostrar de alguna manera que se tiene derecho a entrar. Yo creo justamente lo contrario. El folclore tradicional debe estar abierto a todo aquel que quiera acercarse a él y, más que eso, cuando alguien que nunca ha participado de nuestras tradiciones decide hacerlo con respeto, curiosidad y ganas de aprender, deberíamos verlo como una buena noticia. Cada persona que llega puede convertirse en una pieza más para que aquello que nuestros mayores recibieron de sus antepasados ​​puede seguir teniendo continuidad.

Otra cosa muy diferente es pensar que abrir las puertas significa permitir que todo valga. Nuestras tradiciones necesitan personas que las sostengan, pero sostenerlas no significa modificarlas hasta hacerlas irreconocibles. Durante siglos hemos construido una manera de entender nuestra música, nuestras costumbres, nuestras vestimentas y nuestras celebraciones, y todo eso forma parte de una identidad que no debería convertirse en una especie de plastilina que cada cual pueda moldear a su gusto.

Por eso me cuesta entender que todavía pensamos que para tener una conexión especial con nuestras tradiciones basta con ponerse una vestimenta típica, colocarse una estameña delante de miles de personas o salir en una romería para conseguir, por decirlo de alguna manera, el pase directo a nuestra identidad. Durante décadas incluso llegamos a tener por estos lares aquella equivocada y, permitiéndome la expresión, ridícula costumbre de pintarles un bigote a los niños en las romerías, como si aquello fuera suficiente para convertirlos en parte de una tradición que va muchísimo más allá de una pintura en la cara.

Mucho me temo que no funciona así, la identidad no se consigue poniéndose determinada ropa durante unas horas, apareciendo en una fotografía o cantando dos canciones de nuestro repertorio tradicional. Tampoco se consigue al decir que alguien ha hecho más por Canarias que otra persona. La identidad se conoce, se comprende, se respeta y, con el tiempo, se siente. No hay un pase VIP para entrar en ella.

Precisamente por eso creo que lo ocurrido en el Encuentro Tradicional de Cantadores tiene tanto valor. Este año decidimos hacer algo que, a priori, podía parecer una auténtica locura, una apuesta arriesgada y poco habitual que, sin embargo, encajaba perfectamente con nuestra manera de entender el folclore. Tas vez, ahí esté también parte del secreto, en atreverse a hacer cosas que pueden parecer descabelladas sin perder la identidad por el camino. 

Drazel, Aridia Ramos y Cristino Moreno son unos fenómenos, eso no se le esconde a nadie, pero tampoco es menos cierto que no es lo mismo cantar sus canciones que cantar folclore tradicional y hacerlo, además, junto a Los Cebolleros, que tenemos una manera muy particular de tocar y de entender la música. Ahí estaba el riesgo y precisamente ahí estaba también lo bonito del proyecto.

Desde el primer momento los tres se pusieron a disposición, ensayaron duro y prepararon los temas con una seriedad que merece ser reconocida. Hubo momentos durante los ensayos en los que estuvieron perdidos, algo absolutamente normal cuando uno se mete en un terreno que no domina, pero siempre terminamos encontrándonos. Nadie tuvo que dejar de ser quien es para poder acercarse a la forma de hacer del otro.

Los Cebolleros no tuvimos que dejar de ser Los Cebolleros para compartir escenario con ellos, ni ellos tuvieron que convertirse de repente en folcloristas para poder cantar con nosotros. Nos encontramos en un punto común, nos escuchamos, aprendimos unos de otros y conseguimos que aquello que podía parecer una apuesta descabellada terminara convirtiéndose en una noche que, al menos para mí, quedará durante mucho tiempo en la memoria.

Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien en una actuación y no solamente por lo musical. Aquella noche había algo más, un mensaje que quizás para algunos pasó desapercibido, pero que para mí era fundamental: el folclore tradicional sigue teniendo capacidad para acercar a personas que hasta ahora no habían formado parte de él y eso, lejos de ser una amenaza, debería alegrarnos.

Porque aunque algunos digan que el folclore no es tendencia, aunque no tenga el número uno en las listas o no ocupe todos los escenarios, hay algo que ninguna clasificación puede medir, y es la huella que deja. Aquella noche hubo música, voces, instrumentos y una plaza llena, pero también hubo tres personas acercándose a nuestras tradiciones con respeto y descubriendo que dentro de ellas hay mucho más de lo que quizás habían conocido hasta entonces.

Por eso estoy convencido de que, si algún día Drazel acude a Las Marías, no tendrá ninguna necesidad de cantar “La Morocha” para participar de aquella fiesta. Podrás cantar unas magníficas folías. Si Aridia vuelve para la romería de San Isidro el próximo mes de mayo, podrá interpretar una hermosa isa y, si Cristino acude a la de Santiago Apóstol, podrá poner su voz al servicio de unas sentidas malagueñas. No porque una noche los haya convertido en folcloristas, sino porque aquella noche les permitió acercarse a nuestra música desde el respeto, el trabajo y las ganas de aprender. 

Ahí está, para mí, la verdadera manera de acercarse a una tradición. No hace falta llegar sabiéndolo todo, hace falta llegar dispuesto a aprender. No se trata de disfrazarse de tradición, sino de conocerla, ni de aparentar que se pertenece a ella, sino de respetarla. Mucho menos se trata de venir a cambiarla porque no encaja con lo que cada uno conoce, sino de entenderla para poder formar parte de ella.

Si se puede catalogar lo ocurrido como una nueva manera de acercarse al folclore, bienvenida sea. Si otras personas quieren hacerlo, también serán bienvenidas, porque esto no es de nadie, es del pueblo. Ahora bien, hay una condición imprescindible: hacerlo con respeto y decoro. Aquí no se les ha ido el baifo, como decíamos por estos lares que al parecer la palabra baifo no existió hasta hace nada. Ellos han sabido dónde estaban, qué tenían delante y cómo debían acercarse. Un buen entendedor, pocas palabras bastan. 

Hay que aclarar, que una cosa es una inmersión respetuosa y otra muy diferente es una intervención que termina desvirtuando aquello que pretende celebrar. Nuestras tradiciones llevan siglos construyéndose, transmitiéndose y evolucionando, pero lo han hecho dentro de unos códigos que forman parte de nuestra identidad. Quien llega debería entender que no está ante un escenario vacío en el que todo vale, sino ante una parte fundamental de nuestra memoria colectiva.

Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Cuando caigamos en la grave irresponsabilidad de decir que fulano ha hecho más por la identidad canaria que mengano, deberíamos encender todas las luces rojas. Cuando además se afirma delante de miles de personas que ese mismo fulano es, en cierto modo, el artífice de que miles de jóvenes se hayan acercado al folclore porque han tarareado dos canciones que tienen su origen en nuestra música tradicional, mal asunto.

Una cosa es acercar el folclore a las nuevas generaciones y otra muy diferente atribuirse el papel de artífice de una identidad que no pertenece a nadie en particular. El folclore estaba mucho antes que cualquiera de nosotros y seguirá estando mucho después de que nosotros nos hayamos marchado, si somos capaces de transmitirlo sin convertirlo en aquello que nunca fue.

Por eso, yo hoy no voy a decir que Drazel, Aridia y Cristino hayan conseguido nada más allá de lo verdaderamente importante: haber tratado nuestro folclore con respeto, cariño y decoro. No voy a convertirlos en embajadores mediáticos ni a decir que han hecho más por nuestra identidad que nadie, porque nuestra identidad y nuestro folclore no necesitan embajadores de cartón.

Necesitan personas que se acerquen, que se inmiscuyan, que quieran conocerlos y que, aunque el folclore no forme parte de su día a día, sepan respetarlo y, sobre todo, no chotearlo. Cuando eso sucede, cuando alguien se acerca de verdad y entiende lo que tiene delante, termina convirtiéndose en un embajador natural junto a todas aquellas personas que ya llevamos tiempo trabajando por él. No porque lo diga ningún título ni porque aparezca en ningún capítulo de honores y distinciones del folclore, sino porque lo entiende, lo respeta y lo hace suyo desde el lugar que le corresponde.

El folclore es del pueblo y el pueblo somos todos los que estamos dispuestos a conocer, respetar y participar con el decoro de nuestras tradiciones. No es propiedad de una agrupación, de un músico, de un investigador, de una institución ni de quienes llevamos toda una vida participando en él. Es también de quien un día decide acercarse, escuchar nuestra música, identificarse con nuestras raíces y descubrir que aquello que parecía ajeno también puede llegar a formar parte de su manera de sentir.

Me atrevo a decir que ahí está una de las claves para garantizar su futuro. Necesitamos que lleguen nuevas generaciones, nuevas voces y nuevas personas, pero quienes llegan deben entender que vienen a sostener lo que encuentran, no a sustituirlo ni a modificarlo para hacerlo encajar en su propia manera de entender las cosas. Quien llega no viene a ocupar un espacio que pertenece a otros, viene a sumarse, a aprender y a ayudar a que ese espacio siga existiendo.

También por eso quiero detenerme en Los Cebolleros, porque detrás de una noche como aquella hay muchísimo trabajo que no se ve. Hay horas de ensayo, preparación, organización, dudas, correcciones, cansancio y muchos pequeños detalles que terminan haciendo posible que sobre un escenario todo parezca sencillo. Me siento muy orgulloso del trabajo que hemos hecho, orgulloso de cada uno de ustedes, de la implicación, del compromiso y de la manera en la que afrontaron una propuesta que sabíamos desde el principio que no era sencilla.

Cada uno aportó lo mejor de sí mismo y eso se notó en la música, en las voces, en la coordinación y en la manera de acompañar a Manantial, a Los Cabuqueros y a nuestros tres invitados. Pertenecer a Los Cebolleros es mucho más que salir a cantar o tocar, es formar parte de un proyecto, de una historia y de una manera de entender nuestra música y nuestras tradiciones.

En ocasiones he sido duro en mis artículos de opinión cuando entendí  que determinadas acciones ponen en peligro la verdadera esencia de nuestro folclore. Lo he hecho porque creo que también es necesario señalar aquello que consideramos que no se está haciendo bien y porque, en ocasiones, aparecen demasiados falsos profetas dispuestos a explicarnos cómo debemos entender nuestras tradiciones mientras, en la práctica, terminan alejándose de aquello que dicen defender.

La mejor manera de demostrar que lo que dicen no es cierto no siempre está en la crítica, muchas veces está en los hechos. Por eso la fotografía que acompaña este artículo tenga para mí tanto valor. En ella aparecen Drazel, Aridia y Cristino junto a mí, antes de haber compartido escenario con Los Cebolleros, pero detrás de esa imagen hay mucho más de lo que pueda parecer una simple vista. Hay una apuesta arriesgada, muchas horas de trabajo, ensayos, aprendizaje, respeto y, sobre todo, una manera diferente de demostrar que quienes no forman parte habitualmente del folclore también pueden acercarse a él sin necesidad de modificarlo ni desvirtuarlo.

Esta fotografía queda para la historia como una prueba de que existe una alternativa real, posible y perfectamente compatible con nuestras tradiciones. No hace falta cerrar las puertas para proteger nuestra identidad, tampoco convertir nuestras tradiciones en un escenario para quienes quieran apropiarse de ellas. Se puede hacer algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: abrir la puerta, enseñar lo que tenemos y esperar que quien entre sepa respetarlo.

Eso fue, en buena medida, lo que ocurrió en el Encuentro Tradicional de Cantadores. Aquella noche fue mucho más que una actuación, fue una demostración de que el folclore puede abrir sus brazos sin dejar de ser folclore, de que puede recibir nuevas voces sin perder la suya y de que puede sumar sin restaurar.

Por eso esta fotografía tiene que quedar para la historia, no por quienes aparecen en ella, sino por lo que representa: una manera diferente de hacer las cosas en la que quien llega no viene a sustituir, a modificar ni a apropiarse de lo que encuentra, sino a sumarse, a aprender ya sostener.

Durante mucho tiempo he defendido que nuestras tradiciones no necesitaban encerrarse para sobrevivir. Necesitan que cada vez más personas quieran acercarse a ellas, pero también que quienes estamos dentro sepamos explicar cómo se entra. Quien lo haga desde el respeto, el cariño y el decoro siempre tendrá un lugar, porque nuestras tradiciones no son propiedad de unos pocos, son patrimonio de un pueblo que tiene la obligación de conocerlas, cuidarlas y transmitirlas.

Aquella idea que podía parecer descabellada terminó demostrando que no lo era tanto. Por eso esta fotografía tenga precisamente ese valor: demostrar con hechos que existe otra manera de hacer las cosas y que abrir las puertas del folclore no significa renunciar a lo que somos.

Las puertas están abiertas. No hace falta un pase VIP, una estameña, un bigote pintado ni un título de embajador. Hace falta algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más importante: respeto por lo que somos y por lo que hemos recibido.

Porque quien llega al folclore con respeto no viene a ocupar un lugar que pertenece a otros. Viene a sumar, a aprender y, quizás sin saberlo, a ayudar a que aquello que recibimos de generaciones anteriores pueda seguir caminando hacia las generaciones que todavía están por llegar.

Si haces esto, ahí de todas, todas… no se te va el baifo.