Mientras el éxito sigue midiéndose por la multitud, la Romería Ofrenda de Santiago se enfrenta a un reto mucho mayor: preservar la esencia, la autenticidad y el valor patrimonial que la han convertido en una de las manifestaciones culturales más importantes de Canarias.
Después de dejar reposar mis sentimientos de frustración y de observar con serenidad lo vivido durante la Romería Ofrenda de Santiago, creo que ha llegado el momento de compartir una reflexión que nace desde el respeto, el cariño y la preocupación por una de las manifestaciones culturales más importantes de nuestras fiestas.
Hace algunos años ya advertía en otro artículo de un riesgo que, por desgracia, continúa estando presente: que la Romería Ofrenda terminara convirtiéndose en una exposición de mesas, donde en demasiadas ocasiones parece importar más el tenderete, la puesta en escena o el impacto visual que el verdadero significado de la propia romería. No era una crítica a quienes participantes, sino una llamada de atención sobre el rumbo que podía tomar un acto con un enorme valor patrimonial. Hoy, esa reflexión sigue plenamente vigente.
Durante años se ha hablado de la necesidad de que la Romería Ofrenda evolucionara. Pero evolucionar no significa hacerla más grande, sino hacerla mejor; no significa sumar más personas, sino fortalecer aquello que la convierte en un símbolo de nuestra identidad.
No hay más que fijarse en el titular que, año tras año, suele protagonizar la jornada siguiente: «Multitudinaria Romería Ofrenda a Santiago en Gáldar» . Sin duda, la elevada participación es motivo de satisfacción y demuestra el arraigo que mantiene esta celebración. Sin embargo, cuando el mensaje principal vuelve a ser únicamente el número de asistentes, cabe preguntarse si la romería tiene algo más que contar y si estamos poniendo en valor aquello que realmente la hace diferente.
Y es que pocas romerías ofrenda pueden presumir de la historia y del arraigo popular que posee la de Santiago Apóstol de Gáldar. Sin temor a equivocarnos, puede considerarse una de las grandes romerías tradicionales de Canarias y, para muchos, solo la Romería Ofrenda de Nuestra Señora del Pino, en Teror, la supera en dimensión histórica, simbólica y devocional en Gran Canaria. Precisamente por ello, la Romería Ofrenda de Santiago merece ser entendida, antes que nada, como una manifestación patrimonial.
Y ahí quizás resida el error principal. Hemos terminado organizando y valorando la Romería Ofrenda como si fuera un gran evento festivo, cuando en realidad es patrimonio cultural. Los eventos buscan atraer público y generar impacto. El patrimonio, en cambio, tiene otra misión: conservar, transmitir y emocionar. Ambas cosas pueden convivir, pero cuando el espectáculo termina imponiéndose al patrimonio, la esencia comienza a diluirse.
La propia nota institucional afirmaba que «un año más, los romeros han cumplido con la tradición acudiendo perfectamente ataviados con los trajes típicos tradicionales de diferentes localidades canarias». Es justo reconocer que, en los últimos años, la calidad y el rigor de muchas vestimentas han mejorado de forma evidente. Existen grupos folclóricos, colectivos y particulares que realizan un extraordinario trabajo de investigación y recuperación de la indumentaria tradicional. Basta detenerse a contemplar muchas de esas vestimentas para comprobar el enorme esfuerzo, conocimiento y respeto por nuestras raíces.
Pero esa realidad convive con otra menos talentosa. Siguen viéndose atuendos que poco o nada tienen que ver con la vestimenta tradicional canaria y que continúan desvirtuando el sentido de una romería que debería ser también una gran muestra del patrimonio etnográfico de nuestras islas. No se trata de excluir a nadie ni de convertir la romería en un desfile elitista. Se trata de entender que conservar una tradición también implica conocerla, respetarla y transmitirla.
La reflexión tampoco puede quedarse únicamente en la indumentaria. También debemos preguntarnos si el protagonismo que han ido adquiriendo las mesas y los montajes de algunos grupos responden realmente al espíritu de una Romería Ofrenda. En demasiadas ocasiones parece que el objetivo es sorprender, llamar la atención o convertirse en el centro de todas las miradas, relegando a un segundo plano aquello que da sentido al acto: la ofrenda, las carretas, la convivencia, la solidaridad y el profundo simbolismo de una manifestación que nació para agradecer y compartir.
La música merece igualmente una reflexión. En un día que pretende poner en valor la identidad y las tradiciones de Canarias resulta difícil entender que, en distintos momentos de la jornada, terminarán convirtiéndose en protagonistas de canciones como La Morocha , Noches de Bohemia o Despacito . No se trata de cuestionar esos temas, que pueden tener cabida en cualquier otra celebración, sino de preguntarnos si tienen sentido precisamente en una Romería Ofrenda.
Del mismo modo, cuesta comprender que, tras la taifa, el protagonismo recaiga en un DJ. Si existe un día en el calendario donde la música tradicional debería ocupar todo el espacio, es precisamente este. La Romería Ofrenda debería ser el gran escaparate de nuestros grupos folclóricos, de nuestras parrandas y de nuestros músicos populares, permitiendo que la música de raíz acompañe la celebración hasta el final.
Y tampoco conviene olvidar que una taifa no puede construirse únicamente sobre un repertorio de pachanga. A ella acuden muchas personas que saben bailar y que esperan encontrar isas, folías, malagueñas, polcas, seguidillas, sorondongos y otras piezas que forman parte del patrimonio musical de Canarias. El repertorio también educa, también transmite y también preserva. Mantener ese equilibrio entre las canciones más populares y la música tradicional es otra forma de proteger nuestra identidad.
Quizás el verdadero reto de la Romería Ofrenda no sea seguir creciendo en participación, sino crecer en autenticidad. Porque cuando el único titular vuelve a ser que ha sido multitudinaria, existe el riesgo de invisibilizar todo aquello que realmente la engrandece: su historia, el simbolismo de la ofrenda, la música tradicional, las carretas, la solidaridad que representan los alimentos donados, la indumentaria y el inmenso legado cultural que generación tras generación ha llegado hasta nosotros.
Es muy difícil ponerle el cascabel al gato, especialmente cuando no somos capaces de mirarnos con objetividad. Pero precisamente por el cariño que sentimos hacia esta romería debemos ser capaces de abrir un debate sincero, sin miedo a tomar decisiones que contribuyan a proteger su esencia. Mirar hacia otro lado también es una forma de decidir, aunque el tiempo termine pasándonos la factura.
Porque, nos guste o no, llegará un momento en que habrá que tomar decisiones. No para limitar una tradición, sino para garantizar su futuro. Lo que hoy parece una simple concesión, mañana puede convertirse en una costumbre y, pasado mañana, en una tradición inventada que termine sustituyendo a la auténtica.
Si seguimos aplazando esa reflexión, corremos el riesgo de que dentro de unos años solo podamos hablar de aquella gran Romería Ofrenda que tuvimos. Y digo "tuvimos" porque el patrimonio que se pierde rara vez vuelve a recuperarse en toda su autenticidad. Las tradiciones no desaparecen de un día para otro; se van diluyendo poco a poco, hasta que un día descubrimos que aquello que las hacía únicas ya no existe.
Y ojalá nunca tengamos que hacer con la Romería Ofrenda lo mismo que se hizo con el Faro de Sardina: levantar una réplica para recordar lo que un día fue. Sería la constatación de que no fuimos capaces de conservar vivo uno de los mayores símbolos de nuestra identidad.
Porque el patrimonio no se protege construyendo recuerdos de lo perdido, sino evitando que se pierda. La mejor forma de honrar la historia de la Romería Ofrenda de Santiago es garantizar que las generaciones futuras puedan vivirla con la misma autenticidad con la que la heredamos.
Las romerías no nacieron para exhibir mesas, ni para batir registros de asistencia. Nacieron como una expresión de fe, de identidad, de agradecimiento y de comunidad, donde un pueblo ofrecía al santo lo mejor de sí mismo. Todo lo demás debe ser complementario, nunca el protagonista. Porque cuando el continente termina imponiéndose al contenido, la tradición deja de transmitirse para convertirse únicamente en un espectáculo.
Todavía estamos a tiempo. Pero el tiempo, por sí solo, no conservará nuestras tradiciones. Eso solo lo conseguirá una sociedad que sea capaz de reconocer el valor de su legado y de actuar antes de que sea demasiado tarde.
Quizás la gran asignatura pendiente de Gáldar no sea organizar una romería cada vez más grande, sino ser capaces de conservar la grandeza de la romería que heredamos.
Porque una Romería Ofrenda no será recordada por haber reunido a veinte o treinta mil personas, ni por el tamaño de sus mesas, ni por las canciones que estuvieron de moda un verano. Será recordada por haber sido capaz de transmitir, intacto, el legado que durante generaciones conservaron quienes entendieron que una romería es mucho más que una fiesta. Es memoria, identidad, patrimonio y el reflejo de un pueblo que sabe de dónde viene para no olvidar nunca hacia dónde quiere caminar.
Ese debería ser, y quizás siempre debió ser, el verdadero éxito de la Romería Ofrenda de Santiago.





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