domingo, 23 de agosto de 2026

La identidad canaria y el folclore no necesita embajadores de cartón.

El folclore puede abrir sus puertas a quienes llegan desde fuera, pero acercarse a nuestras tradiciones exige algo mucho más importante que una estameña, una romería o dos canciones: respeto.



Quizás durante demasiado tiempo hemos pensado que para acercarse a nuestras tradiciones había que cumplir determinados requisitos, como si el folclore fuera de un territorio reservado para unos pocos y hubiera que demostrar de alguna manera que se tiene derecho a entrar. Yo creo justamente lo contrario. El folclore tradicional debe estar abierto a todo aquel que quiera acercarse a él y, más que eso, cuando alguien que nunca ha participado de nuestras tradiciones decide hacerlo con respeto, curiosidad y ganas de aprender, deberíamos verlo como una buena noticia. Cada persona que llega puede convertirse en una pieza más para que aquello que nuestros mayores recibieron de sus antepasados ​​puede seguir teniendo continuidad.

Otra cosa muy diferente es pensar que abrir las puertas significa permitir que todo valga. Nuestras tradiciones necesitan personas que las sostengan, pero sostenerlas no significa modificarlas hasta hacerlas irreconocibles. Durante siglos hemos construido una manera de entender nuestra música, nuestras costumbres, nuestras vestimentas y nuestras celebraciones, y todo eso forma parte de una identidad que no debería convertirse en una especie de plastilina que cada cual pueda moldear a su gusto.

Por eso me cuesta entender que todavía pensamos que para tener una conexión especial con nuestras tradiciones basta con ponerse una vestimenta típica, colocarse una estameña delante de miles de personas o salir en una romería para conseguir, por decirlo de alguna manera, el pase directo a nuestra identidad. Durante décadas incluso llegamos a tener por estos lares aquella equivocada y, permitiéndome la expresión, ridícula costumbre de pintarles un bigote a los niños en las romerías, como si aquello fuera suficiente para convertirlos en parte de una tradición que va muchísimo más allá de una pintura en la cara.

Mucho me temo que no funciona así, la identidad no se consigue poniéndose determinada ropa durante unas horas, apareciendo en una fotografía o cantando dos canciones de nuestro repertorio tradicional. Tampoco se consigue al decir que alguien ha hecho más por Canarias que otra persona. La identidad se conoce, se comprende, se respeta y, con el tiempo, se siente. No hay un pase VIP para entrar en ella.

Precisamente por eso creo que lo ocurrido en el Encuentro Tradicional de Cantadores tiene tanto valor. Este año decidimos hacer algo que, a priori, podía parecer una auténtica locura, una apuesta arriesgada y poco habitual que, sin embargo, encajaba perfectamente con nuestra manera de entender el folclore. Tas vez, ahí esté también parte del secreto, en atreverse a hacer cosas que pueden parecer descabelladas sin perder la identidad por el camino. 

Drazel, Aridia Ramos y Cristino Moreno son unos fenómenos, eso no se le esconde a nadie, pero tampoco es menos cierto que no es lo mismo cantar sus canciones que cantar folclore tradicional y hacerlo, además, junto a Los Cebolleros, que tenemos una manera muy particular de tocar y de entender la música. Ahí estaba el riesgo y precisamente ahí estaba también lo bonito del proyecto.

Desde el primer momento los tres se pusieron a disposición, ensayaron duro y prepararon los temas con una seriedad que merece ser reconocida. Hubo momentos durante los ensayos en los que estuvieron perdidos, algo absolutamente normal cuando uno se mete en un terreno que no domina, pero siempre terminamos encontrándonos. Nadie tuvo que dejar de ser quien es para poder acercarse a la forma de hacer del otro.

Los Cebolleros no tuvimos que dejar de ser Los Cebolleros para compartir escenario con ellos, ni ellos tuvieron que convertirse de repente en folcloristas para poder cantar con nosotros. Nos encontramos en un punto común, nos escuchamos, aprendimos unos de otros y conseguimos que aquello que podía parecer una apuesta descabellada terminara convirtiéndose en una noche que, al menos para mí, quedará durante mucho tiempo en la memoria.

Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien en una actuación y no solamente por lo musical. Aquella noche había algo más, un mensaje que quizás para algunos pasó desapercibido, pero que para mí era fundamental: el folclore tradicional sigue teniendo capacidad para acercar a personas que hasta ahora no habían formado parte de él y eso, lejos de ser una amenaza, debería alegrarnos.

Porque aunque algunos digan que el folclore no es tendencia, aunque no tenga el número uno en las listas o no ocupe todos los escenarios, hay algo que ninguna clasificación puede medir, y es la huella que deja. Aquella noche hubo música, voces, instrumentos y una plaza llena, pero también hubo tres personas acercándose a nuestras tradiciones con respeto y descubriendo que dentro de ellas hay mucho más de lo que quizás habían conocido hasta entonces.

Por eso estoy convencido de que, si algún día Drazel acude a Las Marías, no tendrá ninguna necesidad de cantar “La Morocha” para participar de aquella fiesta. Podrás cantar unas magníficas folías. Si Aridia vuelve para la romería de San Isidro el próximo mes de mayo, podrá interpretar una hermosa isa y, si Cristino acude a la de Santiago Apóstol, podrá poner su voz al servicio de unas sentidas malagueñas. No porque una noche los haya convertido en folcloristas, sino porque aquella noche les permitió acercarse a nuestra música desde el respeto, el trabajo y las ganas de aprender. 

Ahí está, para mí, la verdadera manera de acercarse a una tradición. No hace falta llegar sabiéndolo todo, hace falta llegar dispuesto a aprender. No se trata de disfrazarse de tradición, sino de conocerla, ni de aparentar que se pertenece a ella, sino de respetarla. Mucho menos se trata de venir a cambiarla porque no encaja con lo que cada uno conoce, sino de entenderla para poder formar parte de ella.

Si se puede catalogar lo ocurrido como una nueva manera de acercarse al folclore, bienvenida sea. Si otras personas quieren hacerlo, también serán bienvenidas, porque esto no es de nadie, es del pueblo. Ahora bien, hay una condición imprescindible: hacerlo con respeto y decoro. Aquí no se les ha ido el baifo, como decíamos por estos lares que al parecer la palabra baifo no existió hasta hace nada. Ellos han sabido dónde estaban, qué tenían delante y cómo debían acercarse. Un buen entendedor, pocas palabras bastan. 

Hay que aclarar, que una cosa es una inmersión respetuosa y otra muy diferente es una intervención que termina desvirtuando aquello que pretende celebrar. Nuestras tradiciones llevan siglos construyéndose, transmitiéndose y evolucionando, pero lo han hecho dentro de unos códigos que forman parte de nuestra identidad. Quien llega debería entender que no está ante un escenario vacío en el que todo vale, sino ante una parte fundamental de nuestra memoria colectiva.

Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Cuando caigamos en la grave irresponsabilidad de decir que fulano ha hecho más por la identidad canaria que mengano, deberíamos encender todas las luces rojas. Cuando además se afirma delante de miles de personas que ese mismo fulano es, en cierto modo, el artífice de que miles de jóvenes se hayan acercado al folclore porque han tarareado dos canciones que tienen su origen en nuestra música tradicional, mal asunto.

Una cosa es acercar el folclore a las nuevas generaciones y otra muy diferente atribuirse el papel de artífice de una identidad que no pertenece a nadie en particular. El folclore estaba mucho antes que cualquiera de nosotros y seguirá estando mucho después de que nosotros nos hayamos marchado, si somos capaces de transmitirlo sin convertirlo en aquello que nunca fue.

Por eso, yo hoy no voy a decir que Drazel, Aridia y Cristino hayan conseguido nada más allá de lo verdaderamente importante: haber tratado nuestro folclore con respeto, cariño y decoro. No voy a convertirlos en embajadores mediáticos ni a decir que han hecho más por nuestra identidad que nadie, porque nuestra identidad y nuestro folclore no necesitan embajadores de cartón.

Necesitan personas que se acerquen, que se inmiscuyan, que quieran conocerlos y que, aunque el folclore no forme parte de su día a día, sepan respetarlo y, sobre todo, no chotearlo. Cuando eso sucede, cuando alguien se acerca de verdad y entiende lo que tiene delante, termina convirtiéndose en un embajador natural junto a todas aquellas personas que ya llevamos tiempo trabajando por él. No porque lo diga ningún título ni porque aparezca en ningún capítulo de honores y distinciones del folclore, sino porque lo entiende, lo respeta y lo hace suyo desde el lugar que le corresponde.

El folclore es del pueblo y el pueblo somos todos los que estamos dispuestos a conocer, respetar y participar con el decoro de nuestras tradiciones. No es propiedad de una agrupación, de un músico, de un investigador, de una institución ni de quienes llevamos toda una vida participando en él. Es también de quien un día decide acercarse, escuchar nuestra música, identificarse con nuestras raíces y descubrir que aquello que parecía ajeno también puede llegar a formar parte de su manera de sentir.

Me atrevo a decir que ahí está una de las claves para garantizar su futuro. Necesitamos que lleguen nuevas generaciones, nuevas voces y nuevas personas, pero quienes llegan deben entender que vienen a sostener lo que encuentran, no a sustituirlo ni a modificarlo para hacerlo encajar en su propia manera de entender las cosas. Quien llega no viene a ocupar un espacio que pertenece a otros, viene a sumarse, a aprender y a ayudar a que ese espacio siga existiendo.

También por eso quiero detenerme en Los Cebolleros, porque detrás de una noche como aquella hay muchísimo trabajo que no se ve. Hay horas de ensayo, preparación, organización, dudas, correcciones, cansancio y muchos pequeños detalles que terminan haciendo posible que sobre un escenario todo parezca sencillo. Me siento muy orgulloso del trabajo que hemos hecho, orgulloso de cada uno de ustedes, de la implicación, del compromiso y de la manera en la que afrontaron una propuesta que sabíamos desde el principio que no era sencilla.

Cada uno aportó lo mejor de sí mismo y eso se notó en la música, en las voces, en la coordinación y en la manera de acompañar a Manantial, a Los Cabuqueros y a nuestros tres invitados. Pertenecer a Los Cebolleros es mucho más que salir a cantar o tocar, es formar parte de un proyecto, de una historia y de una manera de entender nuestra música y nuestras tradiciones.

En ocasiones he sido duro en mis artículos de opinión cuando entendí  que determinadas acciones ponen en peligro la verdadera esencia de nuestro folclore. Lo he hecho porque creo que también es necesario señalar aquello que consideramos que no se está haciendo bien y porque, en ocasiones, aparecen demasiados falsos profetas dispuestos a explicarnos cómo debemos entender nuestras tradiciones mientras, en la práctica, terminan alejándose de aquello que dicen defender.

La mejor manera de demostrar que lo que dicen no es cierto no siempre está en la crítica, muchas veces está en los hechos. Por eso la fotografía que acompaña este artículo tenga para mí tanto valor. En ella aparecen Drazel, Aridia y Cristino junto a mí, antes de haber compartido escenario con Los Cebolleros, pero detrás de esa imagen hay mucho más de lo que pueda parecer una simple vista. Hay una apuesta arriesgada, muchas horas de trabajo, ensayos, aprendizaje, respeto y, sobre todo, una manera diferente de demostrar que quienes no forman parte habitualmente del folclore también pueden acercarse a él sin necesidad de modificarlo ni desvirtuarlo.

Esta fotografía queda para la historia como una prueba de que existe una alternativa real, posible y perfectamente compatible con nuestras tradiciones. No hace falta cerrar las puertas para proteger nuestra identidad, tampoco convertir nuestras tradiciones en un escenario para quienes quieran apropiarse de ellas. Se puede hacer algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: abrir la puerta, enseñar lo que tenemos y esperar que quien entre sepa respetarlo.

Eso fue, en buena medida, lo que ocurrió en el Encuentro Tradicional de Cantadores. Aquella noche fue mucho más que una actuación, fue una demostración de que el folclore puede abrir sus brazos sin dejar de ser folclore, de que puede recibir nuevas voces sin perder la suya y de que puede sumar sin restaurar.

Por eso esta fotografía tiene que quedar para la historia, no por quienes aparecen en ella, sino por lo que representa: una manera diferente de hacer las cosas en la que quien llega no viene a sustituir, a modificar ni a apropiarse de lo que encuentra, sino a sumarse, a aprender ya sostener.

Durante mucho tiempo he defendido que nuestras tradiciones no necesitaban encerrarse para sobrevivir. Necesitan que cada vez más personas quieran acercarse a ellas, pero también que quienes estamos dentro sepamos explicar cómo se entra. Quien lo haga desde el respeto, el cariño y el decoro siempre tendrá un lugar, porque nuestras tradiciones no son propiedad de unos pocos, son patrimonio de un pueblo que tiene la obligación de conocerlas, cuidarlas y transmitirlas.

Aquella idea que podía parecer descabellada terminó demostrando que no lo era tanto. Por eso esta fotografía tenga precisamente ese valor: demostrar con hechos que existe otra manera de hacer las cosas y que abrir las puertas del folclore no significa renunciar a lo que somos.

Las puertas están abiertas. No hace falta un pase VIP, una estameña, un bigote pintado ni un título de embajador. Hace falta algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más importante: respeto por lo que somos y por lo que hemos recibido.

Porque quien llega al folclore con respeto no viene a ocupar un lugar que pertenece a otros. Viene a sumar, a aprender y, quizás sin saberlo, a ayudar a que aquello que recibimos de generaciones anteriores pueda seguir caminando hacia las generaciones que todavía están por llegar.

Si haces esto, ahí de todas, todas… no se te va el baifo.

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