A finales de octubre, nuestros pueblos empiezan a prepararse para celebrar los Finaos. Llegan las castañas, los frutos secos y las mistelas, se organizan encuentros y los diferentes emplazamientos se llenan de actividades para recordar cómo vivían nuestros mayores esta fecha. Es una buena noticia que nuestras costumbres despierten cada vez más interés, pero, mientras los finos ganan espacio fuera de las casas, hay algo que me ronda la cabeza: ¿estamos recuperando la tradición o nos estamos quedando solamente con su representación?
Durante años he defendido los finos frente a Halloween, porque creo que lo nuestro merece ser conocido y transmitido a las nuevas generaciones. Sin embargo, defender una tradición también significa preguntarnos qué estamos haciendo con ella. Los Finaos tenían un carácter familiar, eran una ocasión para reunirse, compartir lo que había en la mesa y recordar a quienes ya no estaban, bastaba con escuchar a los mayores contar historias de familiares que algunos ni siquiera habíamos conocido, pero que, gracias a aquellas palabras, sentíamos un poco más cerca. Así se mantenía viva la memoria, de una manera sencilla, sin necesidad de grandes actos ni de demostrar nada a nadie.
Hoy los Finaos también se celebran en plazas, colegios y escenarios, y me parece estupendo que se enseñen nuestras costumbres y que los más jóvenes tengan la oportunidad de conocerlas. No se trata de cuestionar el trabajo ni la buena intención de quienes organizan estas actividades, porque sacar una tradición a la calle puede ayudar a que no se pierda. La cuestión es otra: ¿podemos convertir una celebración de carácter familiar en un espectáculo sin correr el riesgo de dejar atrás parte de lo que la hacía especial?
A veces parece que necesitamos organizar un acto, vestirnos para la ocasión, hacernos una fotografía y publicarla en las redes sociales para demostrar cuánto defendemos nuestras raíces. Es ahí donde aparece el riesgo del posturao, cuando importa más mostrar que participamos en una tradición que comprender lo que significa. Porque una cosa es enseñar cómo celebraban los finos nuestros mayores y otra muy distinta pensar que, por recrear aquella escena delante del público, ya hemos cumplido con nuestra parte.
Comer castañas, compartir unas mistelas y hablar de nuestros seres queridos no debería ser algo reservado a una fecha concreta. No necesitamos vivir anclados en el pasado, pero sí entender que nuestras raíces forman parte de nuestra vida cotidiana y no son un traje que nos ponemos el 31 de octubre para guardarlo al día siguiente. Si defendemos nuestras costumbres, pero después no encuentran su sitio en nuestra manera de vivir, algo falla.
Por eso creo que los
Finaos merecen algo más que convertirse en una respuesta a Halloween. Si
criticamos que algunas celebraciones se han transformado en productos de
consumo, no deberíamos reproducir esa misma dinámica cambiando los disfraces
por vestimentas tradicionales y los adornos por símbolos canarios. Lo
importante no es competir por ver qué celebración reúne a más gente o consigue
más fotografías, sino saber qué estamos transmitiendo y qué queda de todo ello
cuando termina el acto.
No se trata de elegir
entre celebrar los Finaos en casa o llevarlos a la calle, sino de no confundir
representar una tradición con vivirla. Las plazas y los colegios tienen su
espacio, pero también debemos cuidar ese momento íntimo en el que una familia se
sienta a la mesa, alguien recuerda a quienes ya no están y los más jóvenes
descubren que forman parte de una historia que comenzó mucho antes que ellos.
Sigo defendiendo los
Finaos, precisamente porque no quiero que pierdan su sentido, me gustaría que los
más jóvenes conocieran a sus bisabuelos a través de nuestras palabras, que
recordaran las historias escuchadas en casa y que comprendieran que quienes nos
dejaron siguen formando parte de lo que somos. No hacen falta escenarios,
aplausos ni publicaciones para honrar esa memoria; a veces basta con sentarse
juntos y hablar de los nuestros.
Los Finaos pueden tener
su espacio en las plazas y en los escenarios, pero su esencia no debería
quedarse sobre las tablas. Una tradición no se conserva solamente
representándola, sino manteniéndola viva en nuestras familias, en nuestra forma
de ser y en la manera de recordar a quienes nos precedieron. Porque defender lo
nuestro no consiste únicamente en celebrarlo una noche al año, sino en evitar
que olvidemos por qué merece la pena seguir haciéndolo.

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