martes, 14 de julio de 2026

ENTRE AMIGOS: cuando un premio vale tanto como quien lo concede.

Los Honores y Distinciones de Entre Amigos no solo reconocen trayectorias culturales; Ponen en valor 42 años de compromiso con el folclore, la inclusión, la convivencia y la identidad canaria. Un reconocimiento que adquiere una dimensión especial cuando quien lo concede es una agrupación que forma parte de la historia reciente de nuestra cultura popular.

 


Hay premios que distinguen a quienes los reciben. Y hay premios cuyo verdadero valor reside en la autoridad moral de quien los concede. Los Honores y Distinciones de la Asociación Cultural y Agrupación Folclórica Entre Amigos pertenecen, sin duda, a esa segunda categoría.

El próximo viernes 31 de julio, Telde volverá a convertirse en el epicentro de la cultura tradicional canaria con una nueva edición de estos galardones, convertidos con el paso de los años en uno de los reconocimientos más valorados dentro del ámbito cultural del Archipiélago.

Cuando el reconocimiento llega de la mano del colectivo de Jinamar adquiere un significado especial. No hablamos de una agrupación cualquiera. Hablamos de un colectivo que, tras 42 años de historia, ha escrito con letras mayúsculas una de las páginas más brillantes del folclore canario.

 

Nada de ello habría sido posible sin la visión y el compromiso de quienes, hace más de cuatro décadas, entendieron que el folclore podía ser mucho más que un escenario. Entre esas personas sobresale, a mi juicio, Jesús Santana, auténtico buque insignia de la agrupación y una figura fundamental para entender la trayectoria de la mencionada agrupación folclórica.

 

Su compromiso no se limitó únicamente al crecimiento de la propia agrupación, sino que también tuvo una importante dimensión colectiva al asumir durante años responsabilidades al frente de la Federación de Agrupaciones Folclóricas de Gran Canaria. Desde mi perspectiva, aquella etapa contribuyó a que el folclore alcanzara una mayor visibilidad y reconocimiento en toda la isla, impulsando la presencia de los grupos y favoreciendo que las distintas agrupaciones tuvieran más espacios para compartir su trabajo.

Pero quizás lo más importante fue algo que iba más allá de la parte artística. Se generó un sentimiento de convivencia, cercanía y amistad entre colectivos procedentes de diferentes puntos de Gran Canaria. Porque el folclore no solo se interpreta sobre un escenario; También crea vínculos, un pueblos y permite que personas con historias diferentes encuentren un espacio común en torno a una misma identidad.

Por eso, hablar de la AF Entre Amigos es hablar de una agrupación, pero también de las personas que han hecho posible que ese proyecto tenga alma. Personas que entendieron que conservar nuestras tradiciones no consistían únicamente en mantener vivas unas canciones o unos bailes, sino en construir comunidad alrededor de ellas.

Sin embargo, creo que existe un aspecto que no siempre recibe el reconocimiento que merece. Más allá de los escenarios, de los aplausos y de los viajes, la agrupación teldense ha desarrollado una de las labores sociales más extraordinarias que ha protagonizado una agrupación folclórica en Canarias.

Su historia está ligada al Polígono de Jinámar, un barrio que durante décadas ha convivido con importantes desafíos sociales. Pero precisamente allí, donde muchos veían dificultades, este colectivo encontró oportunidades. Hizo del folclore una herramienta de inclusión, convivencia y esperanza.

Miles de niños y jóvenes han encontrado en la agrupación un espacio donde aprender música, danza, disciplina y valores, descubriendo al mismo tiempo el orgullo de pertenecer a una tierra con una identidad cultural única. Ese es, probablemente, uno de los mayores logros del colectivo: haber conseguido que la cultura se convierta en una herramienta de transformación social.

 

Ese legado trasciende los escenarios. Forma parte de la memoria colectiva de Jinámar y de Telde. No es casualidad que una de las rotondas del barrio luzca una escultura dedicada a la agrupación.

 

Pocas entidades pueden presumir de recibir el homenaje permanente del lugar que las vio nacer. Ese monumento representa mucho más que una obra artística: simboliza el agradecimiento de un pueblo hacia quienes durante cuarenta y dos años han sembrado cultura, identidad, valores y oportunidades.

 

Confieso que, hasta hace apenas unos días, yo mismo desconocía la verdadera dimensión de ese trabajo. El pasado 4 de julio tuve el honor de presentarles por primera vez. Cuando recibí el currículo de la agrupación para preparar la presentación quedó sinceramente sorprendido.

Conocía su brillante trayectoria artística, pero no imaginaba el alcance de su compromiso social. Descubrir hasta qué punto habían hecho de la inclusión uno de sus pilares me impresionó profundamente. Tanto fue así que, llegado el momento de subir al escenario, apenas necesité mirar los papeles. Las palabras surgieron solas, porque comprendí que no estaba presentando únicamente a un grupo folclórico, sino a una institución que ha cambiado la vida de muchas personas.

La edición de este año volverá a distinguir a hombres, mujeres y colectivos procedentes del folclore, la investigación, la música, la enseñanza, el deporte y la acción social. Una nómina que confirma el rigor con el que esta asociación cultural concede estas distinciones y el valor que han alcanzado.

 

Algunos de esos nombres tienen para mí un significado especial.

 

Es el caso de José Pedro Suárez del Pino y  Lidia Esther Sánchez González, dos referentes indiscutibles del ámbito cultural y de las tradiciones populares de Canarias. Han hecho de un sueño el Proyecto de Desarrollo Comunitario de La Aldea, convertido hoy en una de las iniciativas socioculturales más ambiciosas de Gran Canaria y en un referente para todo el Archipiélago.

 

Tuve la oportunidad de coincidir con ambos en 2016, durante las Jornadas de Folclore de la Escuela Municipal de Folclore de Arona. Escuchar su ponencia me hizo comprender que aquel proyecto iba mucho más allá de recuperar costumbres.

 

Era una auténtica lección sobre cómo la cultura puede fortalecer una comunidad, generar participación y mejorar la vida de las personas. Aquel día comprendí que el folclore también puede ser una poderosa herramienta de transformación social.

Especial significado tiene también el reconocimiento a María del Pino Rodríguez Mendoza. La vida demuestra que las personas evolucionan y que el diálogo siempre encuentra un punto de encuentro.

Nuestra relación no comenzó de la mejor manera, pero con el paso de los años ambos hemos aprendido a conocernos y, sobre todo, a respetarnos. Hoy compartimos muchas inquietudes y una manera muy parecida de entender la cultura y el compromiso con nuestras tradiciones.

Probablemente yo haya ganado algo de madurez y ella contemple muchas cosas desde la experiencia acumulada, pero precisamente esa evolución ha fortalecido una amistad cimentada en valores que considera imprescindibles: el respeto mutuo, la admiración y la sinceridad. Por eso me alegra especialmente verla entre las personas reconocidas este año.

Podría detenerme en muchos otros nombres, porque detrás de cada uno existe una historia de esfuerzo, compromiso y amor por Canarias. Esa es precisamente la grandeza de estos premios: no distinguen únicamente trayectorias brillantes, sino vidas dedicadas a preservar aquello que somos.

Hay quienes piensan que el folclore es solamente mirar al pasado. Yo siempre he defendido que hay que saber de dónde venimos. Hay que resaltar que el folclore no habla únicamente de lo que fuimos; habla, de lo que seguimos siendo y hacia dónde queremos ir.

Es la memoria de un pueblo hecho música, baile, vestimenta, gastronomía, costumbres y tradiciones. Es la forma más sencilla de explicar a nuestros hijos de dónde vienen para que puedan decidir hacia dónde quieren caminar. Por eso, apoyar el folclore no es un ejercicio de nostalgia; es una inversión en identidad, en educación y en futuro.

Con demasiada frecuencia asociamos el éxito al reconocimiento público. Sin embargo, la verdadera grandeza de colectivos como Entre Amigos nunca ha estado en los aplausos ni en los escenarios, sino en el servicio.

Servicio a la cultura, a la educación, al barrio, a las familias y, en definitiva, a Canarias. Esa vocación de servir explica, mejor que cualquier currículo, por qué hoy su nombre despierta tanto respeto.

Tampoco olvidaremos a quienes rara vez aparecen en las fotografías. Detrás de cada músico, de cada bailador, de cada director o de cada miembro de una junta directiva existe una familia que comprende los ensayos interminables, los viajes, las reuniones y el tiempo robado al descanso.

Sin ese apoyo silencioso sería imposible mantener vivo un proyecto tan ambicioso como el de la agrupación mencionada durante más de cuatro décadas. Ellos también forman parte de esta historia.

Y también habrá un recuerdo inevitable para quienes iniciaron este camino y hoy ya no pueden compartir esta celebración. Su legado permanece vivo en cada ensayo, en cada actuación y en cada niño o niña que, por primera vez, descubre el orgullo de vestir el traje tradicional canario. Porque las personas pasan, pero los valores que sembraron permanecen.

Vivimos tiempos en los que la inmediata parece imponerse sobre la memoria y en los que el éxito suele medirse por lo efímero. Precisamente por eso resulta reconfortante comprobar que todavía existen colectivos que siguen creyendo en el esfuerzo silencioso, en el compromiso de toda una vida y en el valor de nuestras raíces.

Porque la AF Entre Amugos no solo ha enseñado a cantar, bailar o tocar un instrumento. Ha enseñado a querer un barrio, a respetar unas raíces ya entender que la cultura también puede cambiar vidas.

Las agrupaciones folclóricas no solo conservan la historia de un pueblo; muchas veces también escriben su futuro.

Y eso es precisamente lo que ha hecho este colectivo durante cuarenta y dos años: convertir una tradición en una forma de vida y una agrupación en un sentimiento colectivo.

El próximo 31 de julio habrá dieciocho premios. Pero, al terminar la noche, volverá a quedar claro que el mayor reconocimiento no será el que se entregue desde el escenario, sino el que Entre Amigos ha sabido conquistar durante cuarenta y dos años: el cariño de varias generaciones, el respeto del mundo del folclore y la gratitud de un pueblo que los reconoce como parte de su propia historia. Porque cuando una institución consigue que su mayor patrimonio no sean los premios que entrega, sino el cariño que recibe de la sociedad, significa que ha trascendido el folclore para convertirse en parte de la historia de un pueblo.

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